miércoles, noviembre 11, 2009

Berlin 10119

«La familia Brecht desconoce poseer algo por lo que tanto un poderoso mafioso de la antigua nomenklatura comunista de la Alemania Oriental reciclado al capitalismo más salvaje, como un rico exiliado ruso opositor a la camarilla de poder que gobierna en Rusia, e incluso el propio servicio secreto ruso (FSB, antigua KGB) no dudarán en asesinar a quien haga falta sin escrúpulo alguno. Ese algo es la joya más codiciada de los últimos cien años y que guarda en su interior un secreto largamente buscado. Y a mí, que no paso por mi mejor momento, me toca desentrañar el caso aún a riesgo de mi vida».

Así describe el personaje protagonista la trama de esta su segunda novela. Y lo describe en su propio blog.


Dorón Benatar, Berlín 10119, de Aída Berliavsky.
Ed. Autopublish, Madrid 2009.


En su día reseñé el primer libro que Aída Berliavsky, escritora mexicana residente en España, publicó con el título Dorón Benatar y el libro de los nombres muertos, (El tercer nombre, Madrid 2008).

Me complace poder reseñar ahora el segundo libro de Aída como uno de los libros amigos de este blog, que es también la segunda novela con Dorón Benatar como protagonista. Dorón Benatar es un doctor en Filosofía y Letras, treintañero, madrileño y judío, al que los avatares de la vida han conducido a convertirse en detective privado; eso sí, detective existencial, por aquello de su formación filosófica.

Siguiendo la línea anterior, la acción se ve salpicada con cuentos tradicionales de la tradición oral judía y con los preparativos de boda del primo de Dorón, David Horowitz. Tanto la familia Benatar como la familia Horowitz, venida de México, se desplazan en pleno a Melilla para la boda, ya que la novia es una joven judía melillense que desea casarse en su tierra siguiendo las antiguas tradiciones sefarditas de un casamiento al estilo berberisco.

Por otra parte, la madre del detective le pide como favor que ayude a una buena amiga, Esther Brecht, a investigar la actual situación y titularidad de la casa que la familia Brecht abandonó precipitadamente huyendo de Berlín Este la noche anterior a que el Muro se empezara a levantar. Dorón acepta el compromiso a regañadientes y viaja a Berlín para interesarse por la propiedad, pero descubre que la casa ya no existe y que sobre ese terreno se construye ahora un edificio de oficinas de lujo porque el lugar ha obtenido una enorme plusvalía. También descubre que el actual propietario es una empresa perteneciente a un miembro del antiguo partido comunista gobernante. Esa misma noche el detective es asaltado al igual que su habitación de hotel. Poco a poco, Dorón descubre que otras personas se interesan por la casa y buscan algo de un valor incalculable que llevaba encima el padre de su clienta el día que escaparon a la zona oeste.

El resto, claro está, lo dejo a la amena e interesante lectura, ahora que en estos días Berlín vuelve a ser de nuevo el símbolo del mundo libre.

Más datos sobre la novela y su entorno en el blog de 3G.

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sábado, noviembre 07, 2009

Lecturas atrasadas

Hace tiempo que no aparecen en este espacio reseñas de los libros que tienen a bien caer en mis manos; tanto los que yo llamo libros amigos como los que, sin serlo, me caen bien (para críticas demoledoras consulten los suplementos literarios). Y como el ritmo de lectura que me permiten las circunstancias ha crecido ligeramente en los últimos meses (los brotes verdes, ya saben), se han acumulado algunas recomendaciones en la lista de pendientes. Así que, aplicando técnicas de reducción de listas de espera, me veo obligado a formar pequeños paquetes por riguroso orden cronológico. Empezando por uno de carácter humorístico.

Humor inglés

Tres hombres en una barca (por no mencionar al perro), de Jerome K. Jerome.
Título original: Three men in a boat (To Say Nothing of the Dog).
El Cobre Ediciones, 2003.


Las novelas humorísticas inglesas, por regla general, no son un gran continente de ideas filosóficas, ni se encuentran en ellas doctas enseñanzas sobre la vida, ni buscan la transgresión de los esquemas literarios decimonónicos, ni nada de eso. Pero, si uno tiene cierto apego por el humor british style, le ayudan a ser feliz durante el número de horas que conlleva su lectura.
Jerome jamás he leído un prospecto farmacéutico sin llegar inevitablemente a la conclusión de que padece la enfermedad allí descrita, y en su forma más virulenta, valorando en unas ciento siete las enfermedades mortales que acumula. George duerme todos los días en un Banco de la City, de diez a cuatro; salvo los sábados, día en que lo despiertan y lo sacan a las dos. De Harris poco se puede decir, excepto que pesa ochenta kilos y siempre conoce un lugar a la vuelta de la esquina donde se puede obtener algo extraordinario en materia de bebida. Montmorency es el personaje psicológicamente más complejo: según Jerome, su dueño, «viendo a Montmorency, uno se imagina que es un ángel caído del cielo, apartado de la humanidad, por alguna razón, bajo la forma de un pequeño foxterrier. Tiene un aspecto de ay-qué-mundo-más- malvado-es-éste-y-cómo-me-gustaría-hacer-algo-para-mejorarlo que en más de una ocasión ha humedecido los ojos de piadosos ancianos y ancianas»; sin embargo, su idea de la vida consiste en merodear por los establos, reunir una banda compuesta por los perros de peor reputación de la ciudad y conducirles por los barrios bajos a pelear con otros perros de mala reputación.
Por democrática votación, tres contra uno (el uno es Montmorency), un buen día deciden tomarse una semana de vacaciones para remontar el Támesis en una barca, porque necesitan descanso y un cambio completo de aires; la gran tensión cerebral que sufren en sus agitadas vidas les ha producido una depresión generalizada en el sistema, y han de buscar un lugar que restaure su equilibrio mental y donde no haga falta pensar.
El único problema de este libro es que su primera parte, la correspondiente a los preparativos de la expedición, es tan genial que hace palidecer los intentos de igualarla de su segunda parte, una delirante guía de viaje por las riberas de Támesis, desde Kingston hasta Oxford.
La edición citada, que he podido conseguir, a duras penas, no es muy buena (incluso se cita mal su título original), y la traducción, deficiente (por eso no cito al traductor).
Nota curiosa: George Wingrave, descrito en la novela como un empleado de banco, acabaría convirtiéndose en director del Barclays Bank.


Humor francés

13’99 euros, de Frédéric Beigbeder.
Título original: 99 Francs.
Editorial Anagrama, Quinteto, séptima edición, 2009.
Traducción: Sergi Pàmies.


Octave Parango es un publicista de éxito: millonario, alcohólico, cocainómano y putero. Está harto de su trabajo, y por eso quiere que le despidan tras publicar esta novela; y está harto de su vida, por lo que se lanza a una carrera sin freno hacia el abismo. Un tipo despreciable que, sólo cuando la emprende con el mundo con él mismo como martillo, llega a parecer entrañable.
«Me llamo Octave y llevo ropa APC. Soy publicista, eso es, contamino el universo. Soy el tío que os vende mierda. Que os hace soñar con esas cosas que nunca tendréis. Cielo eternamente azul, tías que nunca son feas, una felicidad perfecta, retocada con el Photoshop. Imágenes relamidas, músicas pegadizas. Cuando, a fuerza de ahorrar, logréis comprar el coche de vuestros sueños, el que lancé en mi última campaña, yo ya habré conseguido que esté pasado de moda. Os llevo tres temporadas de ventaja y siempre me las apaño para que os sintáis frustrados. Hacer que se os caiga la baba, ése es mi sacerdocio. En mi profesión, nadie desea vuestra felicidad, porque la gente feliz no consume». Escrito con un estilo descomedido, a veces soez, y desplegando una honestidad brutal, Beigbeder expresa una visión del mundo poética pero categóricamente pesimista a través del mundo de la publicidad, es decir, la manipulación de las masas, la televisión, el consumismo y todo ese entorno tan arcádico que nos rodea. La frase más citada de esta novela, como muestra de su filosofía es: «La diferencia entre ricos y pobres es que los pobres venden droga para comprarse unas Nike, y los ricos venden sus Nike para comprar droga»; pero, cientos de frases similares martillean la conciencia sin descanso durante su lectura
Lo malo: podría haber sido una novela insuperable de no retorcerse en una segunda parte enloquecida, sin un argumento mínimamente sólido, o a la altura de la corrosiva descripción del mundo publicitario, que es su gran baza.
En todo caso, tengan cuidado: esa sonrisa que se despliega durante la lectura oculta una enorme dosis de sordidez e infelicidad.
Cotilleo: al parecer, Frédéric Beigbeder, ex-creativo de la agencia Young & Rubicam (de la que fue fulminantemente despedido tras publicar 99 francs), fue el autor de la célebre campaña para Wonderbra, protagonizada por Eva Herzigova: «Mírame a los ojos. He dicho a los ojos».

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sábado, octubre 31, 2009

Mi vida reciente en unas pocas imágenes (y no en miles de palabras)

Cuando la arena del reloj

toma forma humana

se multiplica hasta desaparecer.
































Desde hace siglos se dice que nuestras vidas son ríos. A veces se remansan, otras forman rápidos. Al principio avanzan en línea recta, de forma impetuosa; más tarde adquieren parsimonia en su discurrir, forman meandros, se ensanchan. Crecen con afluentes, merman con la sequía. Unos son largos, inacabables; otros son tan cortos que apenas aparecen en el mapa. Al final, depositan en su lecho final todo aquello que vienen arrastrando desde su nacimiento.

Yo me encuentro, al día de hoy, en un tramo de ímpetu parsimonioso, pero con meandros, remansos y rápidos. Una serie de variaciones sobre temas muy distintos, seriales y dodecafónicos.

Es intenso y difícil. Agridulce y emocionante.

Un viaje, un 4º cumpleaños, una operación de oído y vegetaciones, una olimpiada escolar, una presentación en perspectiva... Demasiado y demasiado poco. Es como si alguien me hubiera echado un “bien de ojo” y, como debió de desear a alguien muy querido Jonathan Swift, me hubiera dicho: «¡Ojalá vivas todos los días de tu vida!»

Sólo espero compartir unos cuantos, quizá muchos, de esos días por vivir aquí, con ustedes.


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lunes, octubre 26, 2009

Superreal

video


Referencia literaria: Nadja, de André Breton.

Música: Cuarteto de cuerda nº 11 en Fa menor, op. 122, 4-Etude: allegro, 5-Humoresque: allegro, de Dmitri Shostakovich. Hagen Quartett.

Imágenes: fotografías caleidoscópicas propias.


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martes, octubre 20, 2009

En suspenso. Actualizazión.


Espero me hayan disculpado esta-otra sesión de días sin responder a los comentarios ni visitar sus hogares digitales. Ahora ya puedo escribir con tildes y ya no estoy ocupado en esta red de arcos digitales y aguas por las calles. Estoy de nuevo a su disposición.




Perdonen las disculpas de nuevo.

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viernes, octubre 16, 2009

¿Cuánto tiempo nos queda?



Los pequeños gestos son poderosos.

Aún podemos luchar contra el cambio climático.




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jueves, octubre 08, 2009

De viajes ilustrados (I)

COSAS QUE HACER EN BIARRITZ CUANDO ESTÁS VIVO


Un desayuno a tempo adagio abre los sentidos y dispone la mente y el cuerpo a recibir toda clase de sensaciones. Si el hotel dispone de terraza o jardín, es recomendable esta opción.


Las calles más cercanas a la corniche derrochan el encanto con que los franceses, y sólo los franceses, saben ataviar sus edificios. Bourgeoisie pura.


El Palacio de Eugenia de Montijo y Napoleón III, hoy Hôtel du Palais. La burguesía degenera en aristocracia. Con historia.
(NOTA: no miren en los puntos de Travel Club o Carrefour: no entra)


Acercarse a la iglesia ortodoxa rusa. Impronta dejada por la nobleza rusa, invitada primero por Eugenia de Montijo y escapada de la Revolución de Octubre después. Igor Stravinsky seguramente acudió a unas cuantas ceremonias (influencia presente en muchas de sus obras) en esta iglesia entre 1921 y 1924, tiempo durante el que residió en la villa.


Dejarse querer por la mar, sólo la mar.


Ir descubriendo el puerto viejo, poco a poco, por senderos que se se escurren entre tamarindos.


Un alto en el camino. El déjeuner es importante para encararse con la vida diaria con amplias perspectivas.


Con las fuerzas repuestas, pasear y pasear. Quizá atravesando el puente que lleva al Rocher de la Vierge.


Quizá contemplando algunos eclecticismos anglo-galo-vascos.


O cayendo en alguna galería de arte, como la de Joseph Laulié, que, de paso, interpreta los colores de su ciudad con intensidad cuando menos llamativa.


Si se tiene algo de suerte, y mejor aún si le gusta el cubismo, puede toparse con una exposición sobre Lipchitz en Le Bellevue.


A media tarde, ver y dejarse ver en algún café del Quai de la Grande Plage.


Admirar los contrastes con que juegan la luz y el mar en el crepúsculo.


Como la villa mira al oeste, puede uno tomarse su tiempo para contemplar la puesta de sol.


Encontrar un lugar para cenar; viene a ser como buscar una paja en un pajar.


Dejarse llevar (me repito, pero es así) por el encanto que los franceses saben dar tanto al restaurante de lujo como al más reducido tabac.


Si coincide en fin de semana, además, terminar la travesía diaria con un cocktail bien ambientado. El Ventilo Caffé podría ser una opción entre muchas.


Retirarse a tiempo, por mucho que se esté disfrutando. Lo mejor es enemigo de lo bueno.


Tratándose los vivos de espíritus barrocos o manieristas, disfrutar de apacibles momentos antes de dormir en el recargado lounge a media luz.


Pero sólo son propuestas muy personales, expresadas con un subjetivismo cultivado a conciencia.

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lunes, octubre 05, 2009

Y, entre tanto, el otoño


el otoño trasluce los cristales del espíritu


deshace los días gota a gota formando charcos de tiempo


cubre sus ojos con ceguera gris


las nubes serpentean siluetas en el bosque


la tormenta ahoga el origen de la luz



Imágenes tomadas en el Humedal de Bolúe, junto a mi casa.

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miércoles, septiembre 30, 2009

De la felicidad y las identidades disociativas

«Nunca he tenido la certeza de vivir en un solo mundo, la tranquilidad de una sola pertenencia indudable. (…)
Yo trabajaba en una oficina pero en mi otra vida era un novelista, aunque nadie lo sabía. Publiqué una novela y la escisión, en vez de remediarse, se hizo todavía más profunda. Tomaba un tren o un avión para ir a Madrid a algún encuentro literario y me sentía tan raro entre mis hipotéticos colegas como un funcionario municipal que se ha equivocado de reunión. Pero volvía a Granada y a mi oficina y entre los demás funcionarios me sentía más raro aún. Y en ambos lugares me veía rodeado de gente que parecía tener una idea mucho más sólida de su posición en el mundo. (…)
Yo pensaba que sería una cuestión de tiempo, de madurez. Pero el sentimiento de incertidumbre y provisionalidad me ha seguido acompañando en cada sitio donde he estado, en cada cosa que he hecho. Cobra otras dimensiones con el paso de los años. De joven tenía una idea más heroica de la vocación literaria, que convertía cada libro nuevo en una especie de fatalidad, el fruto de un arrebato cuya misma vehemencia era su justificación y de algún modo excluía la posibilidad del error. Ahora sé que ni el esfuerzo de los cinco sentidos ni la disciplina ni la convicción ni la experiencia bastan muchas veces para salvarlo a uno de la equivocación, y que se puede fracasar y tener éxito al mismo tiempo, y que el significado de cada una de esas dos palabras puede ser tan tramposo, tan equívoco, que más vale no usarlas.»
Demasiada felicidad, Antonio Muñoz Molina (artículo publicado en el suplemento Babelia de 19 de septiembre de 2009).
Día tras día, año tras año, desde mi última juventud, la misma sensación de trastorno disociativo que describe el autor ubetense intenta sabotear todos mis esfuerzos para compatibilizar lo incompatible.

No se trata sólo de dar rienda suelta a la pulsión de la palabra escrita; no la condición de inmigrante digital más o menos integrado a través de esta bitácora y de redes sociales varias; ni las responsabilidades que completan el amor por quienes dan un sentido a mi andadura por el mundo; ni tampoco las pertinaces obligaciones cotidianas que, quiérase o no, permiten sustentar todo lo anterior con una firme lisura.

Posiblemente se debe a todo ello junto, amalgamado en una realidad (suponiendo, quizá con ligereza, que sea una realidad) poliédrica, multiforme, en la que me hallo sumido desde hace algún tiempo; una realidad que tiende a centrifugar mis distintas facetas vitales y me obliga al esfuerzo diario de encauzarlas juntas y en una misma dirección a través de unas riendas un tanto resbaladizas, porque todas ellas tienden a llevar rumbos propios, siempre en sentidos divergentes, y a situarse a gran distancia las unas de las otras.

Los contratos administrativos y la aprobación de proyectos de obras muy poco tienen que ver con las sesiones informativas de comienzos de cada curso y las tallas de las camisas de los uniformes del colegio, que a su vez en nada se parecen a un taller de Scratch con sabios aprendices, lo cual no guarda relación alguna con la libreta en la que estoy escribiendo esta entrada (y su contenido)... escribiendo, por cierto, en un parque cercano a mi casa, al tiempo que vigilo a Fernando y a su amigo Álvaro imponiendo el estado de sitio con sus monopatines, mientras mi dueña lleva a Pablo a la pediatra porque ha vomitado en el cole y tiene algo de fiebre. Realidad poliédrica. ¿Me explico?

Con estos mimbres se pueden trenzar pocos cestos de gloria, fama y posteridad que, confiteor, quizá pudiera haber imaginado en tiempos juveniles. Basta dar un repaso a las biografías de todos los clásicos, antiguos o contemporáneos, para darse cuenta de que las letras se llevan mal con los pañales o con la función pública. Pero la madurez me ha traído un excepcional regalo en forma de vacuna contra la vana-gloria; un regalo que se traduce como: ¿y qué?

Cambio gloria por felicidad. Felicidad en mano por gloria volando.

Y vuelvo al artículo de Muñoz Molina:
«Salgo luego a la calle, y como es temprano para la cita del almuerzo me siento en un banco de un pequeño parque a tomar el sol suave de septiembre leyendo el último libro de Alice Munro. El título resuena inesperadamente en mi estado de ánimo: Too Much Happiness. A veces es posible sentir demasiada felicidad. En el banco, a la una de la tarde, entre indigentes adormecidos y madres jóvenes que hablan por el móvil, leyendo al sol a Alice Munro -papel y tinta olorosa, encuadernación firme entre las manos-, me encuentro del todo en mi lugar.»



En mi caso, también en un banco del parque, a media tarde, con mi lapicero y mi libreta, viendo jugar a mis dos proyectos de hombres libres y dignos, o jugando directamente con ellos, me encuentro del todo en mi lugar. Lo demás vendrá por añadidura. Sí, a veces es posible sentir demasiada felicidad.

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sábado, septiembre 26, 2009

Todos me miran mal, salvo los ciegos



Música: La mauvaise reputation. Georges Brassens cantando en español; grabación de enero de 1959, encontrada en esta página.

Imagen tomada en la ciudad de Teruel, agosto de 2009.

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