sábado, julio 11, 2009

Qué poco cambiamos (II)


—Mira, esta foto tiene ya por lo menos veinte años... o más. ¿Ves?, ésta, la segunda por la derecha, soy yo, y al lado está tu tía.
—Pero mamá, si estáis iguales. Es que no habéis cambiado nada.


Almas prisioneras.


Fotografía tomada de La Maldición de Sísifo.

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miércoles, julio 08, 2009

Crónicas romanas (y III)

Miércoles.
Tardío despertar.
Sale de su funcional hotel en la Via Nazionale, ya en pleno mediodía, dando un paseo vía Piazza Barberini hasta la Plaza de España.
Baja por la escalinata de la Trinità hacia la Via Condotti (no falta ni una de las marcas de lujo conocidas en este hemisferio).


Hay sugestivas callejuelas y patios adyacentes, muchas veces escondidos, donde perderse durante horas.
Un refrigerio en el Caffè Greco. Como el eterno retorno.
La cena, en Al 34. Repite los viejos tiempos sin quedar defraudado: buena mesa y tagliatelle con langosta.


Jueves.
Llueve sin cesar. Hay huelga de taxis y los autobuses funcionan como siempre. No hay que buscar porqués para andar largo y tendido. Atraviesa el Foro de Augusto y cruza la Vía de los Foros, para subir a la Plaza del Campidoglio.
En los restos del Templo de Júpiter, bajo el Caffarelli, se disfrutan unas vistas espectaculares sobre el Foro.
Una breve pausa para reponer fuerzas en el Caffè Capitolino y su terraza, llegando desde el Palazzio dei Conservatori.


Paseo tranquilo de regreso. No llueve.
La cena, en el diminuto Il Posto Accanto, cerca del hotel, buenísima, originalmente tradicional y trop cher, reconforta según avanza con los ravioli de carne al jengibre y el pez espada salteado con verduras.
A la salida, la lluvia regresa. Llevar el paraguas a cuestas no facilita nada la prolongación del paseo más allá del portalón del hotel.


Viernes.
El sol ha regresado. Así que pasea por el mercado de Campo de’ Fiori. Mezcla barroca de turistas y romanos. Lo mejor, la enorme cantidad de verdura que encanta cocinar a los lugareños, dispuesta primorosamente. Los cafés de la plaza, atractivos. La librería Farenheit 451, irresistible. Se sienta un rato en una terraza y mira pasar la vida ante la suave agitación del mercado y bajo la mirada de Giordano Bruno.


Atraviesa el Puente Sisto para perderse con fruición en el Trastevere.
Y vuelve a visitar la basílica de Santa María. Lo haría una y otra vez, una de sus favoritas romanas.
Cruza el Puente Garibaldi para recorrer parte del Gueto. Como el Trastevere, algo más limpio y cuidado en general. Está a punto de iniciarse el Shabat; hombres, mujeres y niños empiezan a dejarse ver alrededor de la sinagoga en Lungotevere. Sale por la Fuente de las Tortugas (siempre Bernini).


Llega hasta la zona de Piazza de la Rotonda. De ahí al Panteón, claro.
Como siempre, después un espresso doppio en Il caffé di St. Eustacchio. El mejor café del mundo por él conocido.
Cambio de ropa para cenar el Al Pompiere, regresando al corazón del gueto (hay taxis de nuevo). Un palacio del Seicento, pero sin lujos, bullicio y calabacines fritos con anchoa.


Sábado
Villa Borghese, porque un casi todo Canova está en el Museo compitiendo inútilmente con el anfitrión Bernini.
Por la tarde, una espina pendiente: las Casas del Celio. Ocultas y ocultando frescos de los primeros siglos cristianos y el Templo de Claudio bajo el campanile de Santi Giovanni e Paolo.


La noche en Via Veneto y su apagado esplendor. Nostalgia. Ya no está Federico, ni tampoco Marcello. Pero siguen el Excelsior y el Majestic. Y, cosa curiosa, cada vez hay más gente joven en locales de moda. Pijerío irredento.
La cena, en George's, uno de los últimos y débiles bastiones de la Dolce Vita.


Domingo.
Vuelve a llover, así que nada de paseos: Palazzo Barberini, que está cerquita de la Nazionale, con su fabulosa colección y con una muestra especial sobre el Bernini pintor.
Un refrigerio rápido, porque el avión espera en Fiumicino. Media tarde.



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miércoles, julio 01, 2009

Y ahora, una pausa para la publicidad



Estamos en una playa de Malibú, en California. Hace un tiempo magnífico. Dos rubias sublimes en traje de baño rojo corren por la arena. De repente, una le dice a la otra: «La exégesis onomástica está expuesta al redhibitorio hermenéutico». La otra responde: «De todos modos, cuidado con no caer en la paronomasia ontológica».

Mientras tanto, en el océano, dos bronceados surfistas discuten: «¿Sabías que, en Ecce Homo, Nietzsche hace un elogio totalmente hedonista de la natación?» El otro, irritado, replica: «¡En absoluto, sólo defiende el concepto de "Gran Salud" entendido como solipsismo alegórico!»

Regresamos a la playa, donde las dos chicas dibujan ecuaciones matemáticas sobre la arena. Diálogo: «Si tomamos como hipótesis que la raíz cúbica de x varía en función de infinito...» «Sí, sólo tienes que subdividir el conjunto que tenderá hacia la asíntota».

Paso al plano siguiente de la tostada untada con Delgadín y la siguiente frase: «Delgadín. Estar delgada te hace inteligente».


Fragmento de 13'99 euros, de Fréderic Beigbeder (Anagrama, 2003).
Traducción: Sergi Pàmies.


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Crónicas romanas (II)

Texto: Antonio Muñoz Molina, Buscando a Caravaggio; Babelia, 20 junio 2009.


Busco en Roma la Roma de mi primer viaje (...); la de otros regresos en los que la educación de la mirada ha sido inseparable del fervor de las caminatas y el gusto compartido de vivir.


Buscas a Roma en Roma, oh peregrino, dice Quevedo. Vuelvo a Roma, donde he sido feliz tantas veces, y al principio, como tantas veces, al mismo tiempo parece que he perdido el antiguo equilibrio entre el deslumbramiento y la irritación, entre la belleza y el desorden, el esplendor y la cochambre.


Hay más mendigos que nunca, más sinvergüenzas, más tráfico, más tiendas de baratijas turísticas, más socavones, más motos dispuestas a arrollarlo a uno en la incertidumbre de los pasos de cebra, en los que las líneas blancas no han sido repintadas hace muchos años.


Los amigos que viven en la ciudad nos cuentan lo difícil que se hace la vida cotidiana: abrir una cuenta en el banco, lograr una línea telefónica, una conexión decente a Internet.


Pero lo cuentan en una taberna al aire libre en una plazoleta, en la noche cálida y perfumada del verano, entre muros de palacios que son garajes y fachadas ocres que tienen los desconchones y los arañazos de una perduración ennoblecida por el desgaste del tiempo;


lo cuentan delante del blanco suculento, resplandeciente, de una burrata salpicada por el oro del aceite de oliva y el rojo admirable de los tomates diminutos partidos por la mitad, y después continúan sus quejas mientras compartimos una pasta en la que la máxima sofisticación de los sabores está lograda con la máxima simpleza, y mientras a nuestro alrededor, en las mesas contiguas, la gente conversa en italiano con una rumorosa placidez.


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sábado, junio 27, 2009

Crónicas romanas (I)

Bien sea por la influencia de Clío o bien por la de Calíope, y teniendo en cuenta que no soy romano, para mí Roma es la infinita extensión minúscula de aquellas siete colinas de su origen, ese triángulo pitagórico comprendido entre la Villa Borghese al norte, el Trastevere al oeste y San Juan de Letrán al este.


Es imposible abarcar en el espacio o en el tiempo (o incluso en el espacio-tiempo) semejante caos de belleza al aire libre, de historia escondida, color, ruido y perpetuum mobile con los escasos miles de millones de neuronas que todavía debe de conservar uno en buen estado. Así que no hagan mucho caso de estas elucubraciones caligráficas, producto indudable del síndrome de Stendhal, y, si acaso, estimúlense más con las fotografías. Valen más que un ciento de entradas de palabrería manida.


Cuadros, estatuas, iglesias, ágoras o templos que, de tanto contemplar en libros de texto, enciclopedias o libros de arte en una infancia y primera juventud en la que no viajaba, o viajaba de forma diferente, cuyas imágenes habían quedado grabadas en el magín de las primeras pasiones que emergen de manera incontenible, salen al paso dolientes y orgullosas. «Soy mucho más que una imagen, mucho más que un simple recuerdo. Soy parte de ti».


Hay lugares cuya contemplación, en cuya estancia me he reencontrado con un pasado, con una existencia anterior.


Eso, en definitiva, es viajar en el tiempo para reencontrarme con el niño, el joven, el fatuo, el soñador, el hambriento de conocimientos, letras e imágenes que fui. Una cuerda espacio-temporal tejida de recuerdos y sensaciones que reafirma por qué y cómo soy lo que soy.


Y en una ciudad de la que se conocen las dotaciones turístico-culturales de preceptiva visita, los transeúntes alevosos y reincidentes tienen la libertad de rastrear sus barrios en busca de fachadas, rincones, patios, plazoletas... es decir, los detalles, que construyen memoria y amor verdaderos en y por ella.


En una ciudad «decadente, ruidosa, caótica y tan bella que casi duele» (César dixit) ha de guiarse el transeúnte por el subconsciente más que por la consciencia.


Y es que no es fácil extraviarse o saciarse en una ciudad a la que no se viaja; porque en Roma se tiene la sensación de no haber salido nunca de casa, o más bien de uno mismo, la sensación de pertenencia de algún modo o en algún tiempo. Una gigantesca magdalena proustiana que evoca por doquier lo ya visto, ya escuchado, ya leído o ya soñado.

Espejo en el Caffè Greco.

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viernes, junio 26, 2009

Al día siguiente ya no se puede

James Algernon Corstorphine, noveno conde de Devizes, guapo, inteligente y rico, con un hogar agradable que compartía con Lady Woodhouse y sus dos retoños y un temperamento feliz, parecía reunir muchas de las mejores bendiciones de la vida; llevaba viviendo cerca de cuarenta y cinco años en este mundo sin nada apenas que le agitara o le molestara.(*)

Una de las despreocupaciones recurrentes de Lord Corstorphine era la gestión de sus asuntos legales y financieros. La administración de su patrimonio y rentas estaba en manos de su secretario, el eficientísimo Mr. Gossip, dotado con los dones sobrenaturales de la presciencia y la infalibilidad. Y todos aquellos asuntos que relacionaran a la casa de Devizes con la legislación motorizada del gobierno o con las salas saturadas de puñetas y pelucas eran llevados desde los tiempos del séptimo Conde, o sea, su abuelo paterno, con la justa aunque suficiente diligencia por el prestigioso bufete de abogados Flywheel, Shyster & Murgatroyd.

Pero, en tales cuestiones forenses había una minúscula mácula que empañaba de forma ocasional y breve el feliz transcurso de los días del Conde. Los responsables de FS&M le informaban semanal y cumplidamente de todos sus asuntos legales, que no eran muy escasos. Y una de las desventajas que había traído el siglo XX con su progreso y bienestar general era la necesidad de cumplimentar todo tipo de documentos o formularios y presentar largas papeletas llenas de alegaciones o cláusulas reguladoras, según los casos, siempre en la forma y sobre todo en el plazo que prescribían las disposiciones legales modernas o las normas consuetudinarias de orígenes casi siempre medievales, según los estudiosos (al parecer, aquellos pájaros embutidos en armaduras mataban el tiempo que transcurría entre guerra y torneo pergeñando las leyes del futuro). Y esos plazos eran siempre apurados al máximo por los hábiles juristas a su servicio, lo cual creaba, en un curtido miembro de la Cámara de los Lores acostumbrado al cabal cumplimiento de los deberes, la puntualidad y el pronto pago de sus deudas, una cierta alteración en su pacífica y sobria psique.
Cada vez que era preciso renovar el contrato con algún arrendatario de sus posesiones de Wiltshire; o contestar con el perseverado argumento de res iudicata a la demanda anual de su vecino Sir Roderick Finch-Farrowmere, quien llevaba diecisiete años encausándole por (según el demandante) haberse apropiado indebidamente de ocho pulgadas de tierra a lo largo de todo el linde de sus propiedades; o cuando llegaba el plazo para pagar el impuesto sobre la renta que esos insensatos laboristas no dejaban de subir año tras año; o en los casos en que uno de los múltiples jueces de distrito imponía una fianza para la libertad provisional de su cuñado Graham Suggs Woodhouse, tras la última francachela en La ostra moteada; sea cual fuere el entuerto, el experto asignado por FS&M cumplía con el oportuno trámite en el último día del plazo, ya fueran doce horas, quince días, cinco meses o seis años. Invariablemente. Al parecer, esa costumbre del último día era una ley no escrita del Derecho Natural, que los abogados de todo el hemisferio occidental tenían a gala cumplir. Pero ello no mermaba el íntimo desasosiego de Lord Corstorphine.

No sería desacertado pensar, por tanto, que esa preocupación es la que llevó al noveno conde a plantear seriamente la cuestión, es decir, antes del tercer dry martini que con tanto acierto preparaban en el bar del Club Knut antes de la tradicional comida del Día del Socio, al viejo Augustus Pongo Flywheel, socio fundador de FS&M.

Después de preguntar retóricamente por la última demanda de Finch-Farrowmere, se lanzó sin pensarlo dos veces. Eran muchos años de comezón los que estaban en juego.

—El caso es que hay algo que nunca he llegado a entender muy bien y siempre me ha producido cierta intriga, amigo Pongo.
—Si he venido a algo a este mundo es para eliminar hasta la menor de tus inquietudes, viejo amigo —decretó Pongo Flywheel con aplomo—. ¿Cuál es esa causa de angustia y sobresalto?
—Es sólo una curiosidad... Es... ¿Por qué los abogados apuráis siempre hasta el último día para presentar, ya me entiendes, los escritos... los papeles y todo eso?
—¿Sólo eso?
—Sí, eso mismo. Nunca he llegado a comprenderlo. ¿Por qué presentáis las cosas el último día de plazo?
—Es muy fácil de explicar querido amigo: sencillamente, porque al día siguiente ya no se puede.

Con la tercera ronda de drys, el curioso Conde empezó a sentirse en plenitud de facultades.

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(*) Adaptación del párrafo inicial de la novela Emma, de Jane Austen.

Imagen: Stephen Fry y Hugh Laurie en la serie de televisión Jeeves and Wooster.

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viernes, junio 12, 2009

Estupefacientes (XVII). Fetichismo (2)

Es un fetichista compulsivo. Con los sentidos embotados de perfumes, ojos grises, manos, flores no pronunciadas y días sazonados.



Y además, reincidente.

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martes, junio 09, 2009

Estupefacientes (XVI). Poesía (2)

un instante sostenido

de miradas caricias silencios

penetrando en el tiempo


inyectando atardecer

en venas amantes amando amor

puro

cual fuego encadenado


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jueves, junio 04, 2009

El ladrón bueno

El piratilla, con sus seis años recién cumplidos, comienza a tener ideas bien elaboradas.

―Papá, ya he decidido lo que voy a ser de mayor.
―¿Ah, sí? Eso está muy bien ―apoya el padre―. Dime, ¿qué es lo que has decidido?
―Voy a ser ladrón.
―¿Cómo? ¿Ladrón?
―Sí, un ladrón. Pero no creas. Voy a ser un ladrón, pero bueno.
―Un ladrón bueno.
―Sí, eso.
―Ya. ¿Tú crees que lo has pensado bien? Suele tener sus inconvenientes, como...
―Sí, lo he pensado bien. Un ladrón bueno ―insiste el infante recalcando las tres palabras.
―Bueno, bueno. Entonces serás un ladrón de guante blanco. Así es como se llama a los ladrones que son buenos y hasta resultan simpáticos a los demás.
―Ladrón de guante blanco ―repite el pequeño con cierta complacencia y una sonrisa de satisfacción en sus ubicuos ojos grises. Da media vuelta y se va: la lista de fechorías pendientes no ha decrecido en el día de hoy, aun con la inestimable ayuda de su hermano pequeño, y hay que ir dándole salida.

El papá se ve cada vez menos desconcertado ante esas demostraciones de hemisferio derecho dominante (pero derecho, de extremo derecho). Y como quiera que el piratilla empieza a tenérselas con el alfabeto y sus innumerables combinaciones, piensa que es hora de desempolvar su colección de aventuras de Arsenio Lupin.

Y lo hará pronto. Lo hará con la noble intención de que el piratilla empiece a familiarizarse con los modales caballerescos, indistintamente del grado de cumplimiento del Código Penal; con el legítimo deseo de que algún día les saque a su dueña y a él de la pobreza; y lo hará también con la esperanza amorosa de que apure las mismas horas de felicidad lectora, felicidad plena, que él disfrutó en un pasado no muy lejano.

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domingo, mayo 31, 2009

El escritor hacker

También llamado Antonio Báez.

Ya se ha ocupado este blog en alguna ocasión anterior del extraño caso de Antonio Báez, escritor de cuentos (aunque con una novela en preparación) cuyo blog no sólo funciona como muestra de su talento creativo, sino también como instrumento de aprendizaje y conversación entre gente que escribe, lee o posee ese trastorno bipolar que lleva a combinar ambas cosas.

Entre esas acciones de escuchar, enlazar y compartir, Antonio lleva un tiempo dedicando parte de su espacio a las creaciones de otras personas que participan en las mismas ligas del mundo literario en las que él juega. Sus intenciones en esa participación son públicas y notorias, y sin tapujos: «Mis intenciones son trabajo y mi trabajo ha de ser re-conocido para que pueda ser valorado. Lo que yo quiero ganar son lectores». Intenciones que vienen dadas por la posición que uno va consolidando en la vida: «Como ya tiene una edad, lo que uno quiere es poder hacer lo que sabe que puede hacer más o menos bien. Lo que necesita todo escritor es un espacio público: publicidad, publicación. A menos que se sea de la estirpe secreta; entonces con una vela, un folio y una pluma dentro de una habitación es suficiente». Ideas que comparto plenamente.

Siguiendo al pie de la letra esas máximas, acaba de publicar en su blog, previa petición en forma, un microrrelato/relato (táchese lo que no proceda) escrito por este servidor de ustedes: Billete de ida. Como comprenderán, es todo un orgullo.

Una vez más, les recomiendo darse con frecuencia una vuelta por entre los Cuentos de Barro de Antonio y, si la economía lo permite y todavía no lo han hecho, hacerse con un ejemplar de Mucha Suerte (en el propio blog de su autor o en la barra lateral de éste encontrarán más información al respecto) y disfrutar de una impecable colección de relatos.

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