martes, diciembre 02, 2008

Misión de audaces (II)

Eran tiempos en que el servicio militar obligatorio esperaba paciente el paso de los mozos patrios a la mayoría de edad. Pablo Eyzaguirre de Polientes retrasó el cumplimiento de sus deberes cívico-militares hasta la obtención de su licenciatura en esa cosa de economía y la estabilidad laboral en una de las ramas menos agraciadas de la Administración pública. Cuando le llegó el turno improrrogable, consiguió a través de una recomendación un cómodo destino de oficina en la Escuela Superior del Ejército, a quince minutos andando de su piso recién alquilado en Madrid. Sin necesidad de entregarse al escaqueo general, con pase de pernocta y graduación de Cabo, se estuvo pegando la gran vida: mucho tiempo libre, una guardia por semana y en la cuenta corriente los ahorros de un trienio escaso listos para ser gastados sin contemplaciones. Hasta que un día se asomó a la oficina de la residencia de mandos, su solitaria y diaria taifa, un Alférez de Navío joven, estirado y aún más bisoño que él, preguntándole a quemarropa si sabía lo que era un ordenador y, en caso afirmativo, si tenía alguna idea de informática. La más elemental prudencia en esas lides aconseja responder «no» a la primera y «tampoco» a la segunda. Pero la prudencia en el clan Eyzaguirre es del tipo heterodoxo-rebelde, y su conciencia le conminó a decir la verdad. Tuvo que seguir de inmediato al presuntuoso oficial hasta una puerta cuyo rótulo rezaba Secretaría General Técnica. Allí se encontró con un hombretón de edad indefinida, barbado y canoso, ataviado con el uniforme del Ejército de Tierra, tres estrellas de ocho puntas en la hombrera y una identificación en la que podía leerse «P. de Ozaeta».
—¡A la orden de Usía, mi Coronel!
Ignacio Pérez de Ozaeta y Zubiría, a la sazón coronel del CESEDEN, se quitó lentamente las gafas de présbite y le miró de arriba a abajo, como a un fenómeno: uniforme impoluto, pañuelo correctamente arreglado, botas relucientes, los distintivos rojos de Cabo perfectamente alineados, con cara de veintitantos años, no de los dieciocho a veinte de rigor, y una mirada honda y directa, sin el brillo de canguelo de los novatos. Luego señaló con el índice un ordenador personal (hablamos de un tiempo en que esas dos palabras juntas no significaban nada coherente) desmontado sobre una mesa de oficina, en un rincón, con sus componentes cuidadosamente desencajados.
—Buenos días. A ver, mi Cabo, ¿sabes lo que es eso?
—Si, mi coronel.
—Lleva dos meses en esa postura, el maldito, sin que sepamos nada de su vida y menos aún de los milagros que es capaz de prodigar. No sabrás montarlo y echarlo a andar, por casualidad.
—Si tiene todos los componentes necesarios... creo que sí sabría, mi coronel —contestó Pablo, haciendo de sí mismo.
—¡No caerá esa breva! Hala, es todo tuyo.
Pablo, bajo la mirada curiosa del coronel, conectó el monitor, el teclado y la impresora con la CPU, enchufó ésta a la red y, antes de pulsar el botón de arranque, preguntó:
—Perdone usía, mi coronel ¿No venía el ordenador con ratón?
—¿Cómo dice, joven? —replicó atónito el Coronel.
—El ordenador, ¿venía sin el mouse, el ratón? —insistió Pablo haciendo el gesto pertinente con la mano.
—¿Qué pasa? ¿Que el bicho este come ratones?
El envarado Alférez de Navío, atento a la conversación, sacó de uno de los cajones de la mesa un paquete.
—Creo que se refiere a esto.
—Sí, mi teniente.
Pablo comprobó los programas cargados en el disco duro y se lo explicó al Coronel. Este le preguntó si sabría hacer unos cálculos y unos listados «con el bicho», intuyendo la respuesta habitual en ese muchacho. Le explicó lo que necesitaba, dándole un par de días de plazo para prepararlo; tras darle las gracias, aunque no la ocasión a posible réplica, se marchó al despacho contiguo.
—Si tienes dudas consúltame cuanto quieras... a mí directamente, sin problemas, y sin tantos usías para aquí ni usías para allá, ¿de acuerdo? Pide todo lo que necesites —dijo según se iba, pues no era cuestión de forzar demasiado la máquina.
Al cabo de hora y tres cuartos («¿Da us… su permiso?») Pablo se presentó en el despacho contiguo con un manojo de papeles compuesto de unos listados, un balance en un papel tamaño A4 («Es para verlo de un solo golpe de vista, aunque la letra sale más pequeña») y un informe preliminar explicativo de las tablas confeccionado a iniciativa propia. El Coronel, tras comprobar que no era una osada broma, dejó lo que estaba haciendo, se reclinó en su sillón de oficina y requirió a Pablo que tomase asiento. Quería charlar un instante con ese fenómeno de la naturaleza con modales más propios de un oficial del 1st the Queen’s Dragoon Guards que de un clase de tropa celtibérico. Como resultado de la charla, Pablo fue liberado de todo servicio excepto guardias, insalvables debido a la escasez de efectivos (estaban llegando los reemplazos posteriores al baby boom), y se convirtió en eficaz asistente del Coronel, que de la misma le procuró un ascenso a Cabo Primero sin más ataduras que su mando directo y único. Se le acabó la gran vida, aunque ganó, a cambio, un buen amigo. Por esa razón, la cosa no había hecho más que empezar.
Le faltaban poco menos de dos meses para licenciarse cuando Ignacio Pérez de Ozaeta le propuso seguir trabajando conjuntamente más allá de esa fecha. No en calidad de furriel de lujo, como venía ocurriendo, sino con más autoridad. Había pensado en ello durante semanas, sin mucha claridad de ideas, hasta que encontró la solución en el momento menos inspirado: leyendo el Boletín Oficial. Las circunstancias se tornaron propicias en forma de convocatoria de plazas de ingreso en las Academias Militares. No tuvo que esforzarse mucho para convencer a Pablo, quien, por obra y gracia de la excedencia voluntaria, cambió su carrera de funcionario civil por la de militar. No era cuestión de preferencias, sino de lealtad (ese anhelo): entre seguir trabajando con Ignacio y volver a vaya usted a saber qué bochinche en un triste Ministerio no cabía la duda.

(...)
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Technoradas |

3 argumentos:

Nyo dijo...

Ya explicaba Aud, Max; que el gran problema de los españoles es que están muertos pero no lo saben.
Suerte y Salud, Old Chap.

Un abrazo completo

Mita dijo...

La lealtad...
Bss

Fernando dijo...

Nyo
Algunos, quizá, están sólo en coma. Mientras se puedan despertar, habrá esperanza. Por pocos que sean.
Quizá es que Aub fue español, francés, alemán y mexicano. Eso da pistas. Y, a propósito de memoria histórica: ¿Por qué nadie se acuerda de él?
Un abrazo.

Mita
Sí, ese anhelo. Nada fácil.