miércoles, diciembre 03, 2008

Misión de audaces (III)

Para asombro más de propios que de extraños («Hijo, a nosotros no nos importa, ni nos parece mal, pero ¿ya lo has pensado bien? ¿Crees que eso te va a gustar, siendo como eres?» «¡Vivir para ver! Mi hermano, el masón revolucionario, metido a soldadito valiente»), se presentó a las pruebas de admisión, que superó, quién lo dudaría, sin dificultades. Salió de la Academia General con el grado de Alférez y recibió formación específica durante un par de meses en la Escuela Militar de Intervención, de la que salió con la graduación de Teniente Interventor. No era difícil adivinar su destino como oficial.
Así es como Ignacio pudo contar con él para la ejecución de trabajos encomendados directamente por el Jem —carraspeo con el que se referían al Jefe del Estado Mayor— siempre al margen de los trámites e información oficiales. De este modo organizaron con frecuencia las que denominaban operaciones de pantalla, más propias de los servicios secretos que de un centro de estudios. Asumían casi cualquier cometido sin mayores objeciones: desde supervisar la protección de delegaciones militares extranjeras hasta realizar auditorías contables en ciertas unidades con tradicional desapego al control económico. También comprobaron en un par de ocasiones algunas informaciones algo preocupantes sobre «algún que otro residuo del ancien régime». Todo siempre «fuera de cauce».
El caso es que un día se vieron liando el petate y volando rumbo a Mostar, con la misión de acompañar a uno de los peces gordos del Estado Mayor en la revista de inspección que iba a pasar a las tropas españolas integradas en la UNPROFOR. Como no podía ser de otra forma, el Jem le pidió al Coronel-Para-Todo que alejara a aquél adalid burócrata de las trayectorias de toda suerte de proyectiles bosnios, serbios y croatas. La estancia sería muy breve, «dos o tres días, a lo sumo». Parecía una más en la larga lista de encomiendas oficiosas, pero nada más incierto. Al principio, el Coronel no quiso mezclar a Pablo en esa guardería castrense; pero éste insistió en acompañarle, haciéndose el valiente con menos credibilidad de lo que pensaba, aunque suficiente para vencer la resistencia de su superior, a quien creía más necesitado que nunca de un brazo amigo. No necesitaban fingir mucho para intuir que no iba a ser lo mismo que revisar cuentas o contemplar bombardeos simulados.
Una vez en la conflictiva Herzegovina, todo fue desarrollándose en la forma prevista y sin mayores sobresaltos gracias a la experiencia adquirida por la agrupación paracaidista a que se atribuyó su seguridad. De ese modo evitaron los frentes más activos, zonas al alcance de los obuses y morteros, francotiradores, caminos sembrados de minas y demás atracciones bélicas. No vieron muertos, ni sangre, ni cementerios improvisados, ni mujeres violadas o niños mutilados. Sólo unas cuantas fachadas derruidas, muchos escombros y un buen puñado de caras desesperadas. De hecho, ni siquiera les instalaron en el cuartel general de Mostar, donde se habían producido algunos incidentes en días anteriores, sino en Medjugorje, una posición más a retaguardia. Se veían ridículos con sus inmaculados cascos de kevlar y los uniformes de faena flamantes, comparados con los maltrechos y descoloridos que gastaban los miembros de la agrupación.
La actuación más arriesgada prevista en el programa fue un paseo de ida y vuelta por un tramo de la carretera de Mostar a Sarajevo, que corría paralela a las posiciones serbias en el frente sur; a tal fin les hicieron hueco en los BMR de la agrupación táctica que daban escolta a los convoyes de ayuda humanitaria. Allí se llevaron un par de esos sustos que, a fuerza de repetirse, impiden llegar a disfrutar de los descuentos para pensionistas. Uno a la ida, a la altura de Jablanica, en un puente muy elevado sobre el río Neretva; estaba semidestruido y había que cruzar con sumo cuidado a través de unas planchas metálicas. Pablo, instalado en el blindado que encabezaba la columna, pensó que se precipitaban sin remedio al vacío cuando el suboficial conductor entró en el estrecho paso como quien conduce por una autovía y llega tarde al trabajo. Ya veía los titulares de todos los periódicos en primera plana: "Joven oficial muerto en acto de servicio". Comoquiera que se sentía incapaz de articular palabra, grito o sonido alguno —lo que podía pasar por arrojo indiferente—, le vino rápidamente el subtítulo: “Murió como un héroe, afrontando en silencio su destino”, afirma uno de los supervivientes. En la foto, sus padres y su hermana recibiendo la bandera plegada y toda clase de condecoraciones a título póstumo, ante la pesarosa mirada de Ignacio... Pensó en esa porción de tonterías, para su íntimo sonrojo, durante los escasos segundos que duró la travesía por las planchas.
—¿Qué le ha parecido, mi Teniente? Podría hacerlo hasta con los ojos cerrados —presumió el habilidoso Suboficial Mayor.
—E-estoy seguro, pero eso mejor lo intentamos mañana, ¿eh? —acertó a contestar Pablo con un hilillo de voz ronca.
Ahora que si hubiera estado con sus compañeros de misión inspectora, que viajaban en el último BMR, habría mitigado su sonrojo viéndoles musitar fervorosos padrenuestros con los ojos cerrados.
El otro susto quedó para el viaje de vuelta. Fue provocado por un animoso grupo de espreskos —en la jerga de la agrupación—, que mataban la aburrida mañana repartiendo morterazos sueltos cerca de la carretera.
—Tranqui, tranqui... Lo hacen de vez en cuando para putearnos un poco, ya sabe. Pero casi nunca tiran a dar —dijo el Mayor después de la primera andanada y justo antes de que una de las granadas explotase a escasos metros de la carretera.
—¿C-ca… casi nunca?
Esta escena contrastaba con la del blindado de cola, en el que el General-Sin-Miedo daba valerosos ánimos al conductor:
—¡Corra, por Dios! ¡Acelere! ¡Acelere, por lo que más quiera!
Por suerte, la cosa no fue a mayores, como había predicho el suboficial.
Sin embargo, no necesitó gran ayuda este invicto cid a la hora de mostrar su mejor perfil ante las cámaras del Telediario, en pleno saludo espontáneo a las tropas, cuyas expresiones de choteo tomó por amables rostros de satisfacción y alegre camaradería. En definitiva, recibió un baño de gloria como no se había visto desde Breda o Bailén. Pablo y su jefe chocaron palmas y se guiñaron los ojos viéndose salir de aquélla airosos y, lo que era más importante, con la anatomía completa. Eso creían.

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