jueves, diciembre 04, 2008

Misión de audaces (y IV)

Y creían mal, porque Némesis les aguardaba a la vuelta de la esquina. Las consecuencias del baño de gloria vía satélite no se hicieron esperar, pero de la manera más imprevista. Así, ya en vísperas del regreso, el miles gloriosus, inflado de ardor guerrero y conocedor ya de los menores secretos de aquella contienda, decidió «visitar el frente de verdad por mi cuenta, sin los BMR, ni acompañantes, ni nada». ¡No podían volver sin presentar un informe de semejante hazaña! Se proveyó de un todoterreno blindado con grandes UN pintadas en el techo y en las puertas, un mapa, unos prismáticos y el detente bala que su madre había bordado para su padre allá por el año 38, justo antes de la contraofensiva del Ebro. Como fue imposible persuadirle de aplazar la proeza hasta el próximo siglo, y habida cuenta de las órdenes recibidas, Pablo y su Coronel tuvieron que presentarse voluntarios a la excursión. Rogaron al jefe de la agrupación “paraca” que les asignara un guía experimentado; de lo contrario, tendrían que repatriar tres fiambres al día siguiente, con las consiguientes molestias burocráticas que ello supondría. Le tocó la china al Capitán encargado de su seguridad, como era lógico. Éste y Pablo, en contra del criterio del General-Sin-Miedo, pero cumpliendo con un elemental sentido de la precaución, fueron provistos de sendos Cetmes y armas cortas reglamentarias con cargadores de repuesto.
Condujeron con gran cautela por la carretera de Trebinje y se detuvieron a la salida de Stolac, lo máximo que el guía consideró prudente avanzar. Al poco de salir del vehículo para observar desde un terraplén natural el zigzag de colinas por donde transcurría la línea imaginaria de las posiciones serbo-bosnias, se oyeron unos estampidos sordos y lejanos.
—¡Todos al suelo! ¡Al suelo! —gritó como loco el Capitán al tiempo que daba ejemplo.
Según se arrojaban al suelo unos horrísonos zumbidos revolotearon sobre sus cabezas. Poco después, una granada de mortero explotó demasiado cerca de su situación como para ser casual. Sin pensarlo dos veces, el Capitán vació el cargador de su fusil en dirección a la zona de donde intuyó que provenían los disparos.
—¡Al coche! ¡Ya, coño, ya! ¡A la puta carrera! —insistió el Capitán, obviamente contrariado.
Antes de que pudieran alcanzar el vehículo, un francotirador hizo un primer blanco en éste, y después otro.
—¡Joder! ¡Al suelo!
¿Iban a por ellos, o se estaban divirtiendo, como parecían tener por costumbre?
—¡Pero si somos neutrales! ¿Es que no ven las letras del coche? — gritaba angustiado el audaz General con la cara aplastada sobre la hierba.
Mientras reponía el cargador, el Capitán ordenó a Pablo que disparase. Este obedeció como buenamente pudo, armándose la de Dios es Cristo cuando los dos Cetmes se unieron en estruendoso contrapunto. A cubierto por estos disparos, que, aunque efectuados a ciegas, debieron sorprender momentáneamente a los agresores, subieron al vehículo primero el General y detrás Ignacio, quien lo puso en marcha. Los emboscados les endosaron otra granada de mortero, que cayó en el mismo lugar, y un haz roja de trazadora cruzó por encima de ellos hacia el todoterreno.
—¡Vienen de allí! De ese saliente, ahí… —rebote de bala—… en la colina de enfrente. ¡Mételes ráfaga, teniente! Ni protocolos de actuación ni mierda. ¡Bacalao de cojones! A éstos o les damos o nos dan por ahí.
Vaciaron sus cargadores barriendo la zona del saliente. Después, aprovechando unos segundos de tregua y sin necesidad de mediar palabra, se lanzaron como gamos hacia el vehículo, que salió de estampida por el camino de regreso, no sin antes ver de cerca un morterazo de despedida.
Ya fuera de peligro, con la sangre aún paralizada en las venas, Pablo trató de ocultar sin mucho éxito el persistente temblor de sus extremidades. Y pudo aguantar las náuseas gracias a que no tenía nada que echar, ya que esa mañana había sido incapaz de desayunarse (como lo sería de almorzar, horas después). Lo que no llegó a adivinar fue si la felicitación brindada por el Capitán era franca o se trataba de una simple coña debida a la pertinaz temblequera.
—Vaya tela, ¿eh? No está mal, no, pa un chupatintas. Y tranqui, que eso nos pasa a todos al principio.
Al regresar a la base de Medjugorje, recobrado el aliento y algo de color, el coronel Pérez de Ozaeta conferenció con el jefe de la agrupación, acordando ambos en términos de caballeros que el «pequeño incidente» no transcendería a instancia o medio alguno, evitando entre y para todos el desagradable trance de las explicaciones reiteradas y peligrosas en la imprevisibilidad de sus consecuencias.

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—¿Qué te parece la historia? Inverosímil, ¿eh? —remachó el locuaz Cheddar.
—Más que eso. Me dejas de piedra —contesté sin faltar a la verdad, aunque con una pizca de exageración—. De piedra pómez.
—Al principio también a mí me costó creerlo. No es fácil imaginar al viejo Eyzaguirre limpiando el paisaje de facciosos yugoslavos fusil en mano, ¿verdad? Pues es absolutamente cierto. De todos modos, si por alguna jugada del destino le vuelves a echar el ojo, no hagas ninguna referencia al asunto, salvo que ande con al menos con media docena de Tanquerays en el coleto. No le sienta del todo bien, ¿sabes?
—Será falsa modestia.
—No, no, nada de eso. Lo que pasa es que, al recordarlo, dicen que le suele entrar cierto temblor de extremidades, y no debe de ser un espectáculo edificante. Por lo visto, poco después de aquella Gala del Pavo, alguien lo sacó a relucir en su presencia en tono jocoso y… Bueno, al principio se quedó blanco e inerte y luego sus manos empezaron a agitarse como si tuvieran vida propia. Imagínate. Acabó derramando su dry en el traje del pobre Johnburn. Fue terrible.
—Me hago cargo. Esas cosas me dan mucha aprensión. De hecho, creo que necesito un reconstituyente —aseguré buscando con la vista algún camarero preservador de nuestra salud mental—. Sólo de pensarlo...
—Para mí pide otro de lo mismo.

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Technoradas |

5 argumentos:

Coro dijo...

Fernando, hola.

Este relato me transportó a la acción... con esos personajes tan reales que describes.
Buena historia.

Saludos.

Abre dijo...

Guau Fernando!
Adrenalítico, el relato corre tan rápido como los hechos.

Escribo desde este nuevo territorio enemigo.

Un Abrazo maestro
Andrés

Fernando dijo...

Coro
Es un placer leer estos comentarios.
Muchas gracias.

Andrés
Mucha suerte en tus incursiones y muchas gracias por tu visita y tu comentario.
Los aprendices somos otros.
Un abrazo.

Antonio Senciales dijo...

Hoy visita 'Territorio Enemigo', una vez más, un amigo, que en esta ocasión te desea unas felices fiestas navideñas y de año nuevo.
Aunque no deje rastro visible de mi presencia, me paseo por tu blog de cuando en cuando.
He buscado tu correo, pero he debido extraviarlo porque no lo encuentro.
Te deseo lo mejor para ti, tu familia y amigos.
Saludos afectuosos.
Antonio S.

Fernando dijo...

Antonio
Los rastros que dejas son más que suficientes; además, coincidimos en varios de estos territorios virtuales.
Un placer, como siempre.