Estupefacientes (XVIII). La música (4)
Tratando de recuperar su equilibrio relativista, ese analgésico savoir faire made in England, recurrió de nuevo a sus fetiches: el sabor de la Tanqueray con limón, la noche cálida, el balcón abierto a la vida de agosto con su sillón favorito… La luz oscura de la calle iluminaba el remate con la creciente y la estrella situado en una de las esquinas del salón, como una llamada de otro mundo. Pero, él no veía mucho en ese momento, absorto como estaba en el scherzo del segundo movimiento del único Concierto para piano y orquesta que compuso Alexander Scriabin. Fácil elección para un adicto a la melancolía, droga dura donde las haya: nada mejor que un ruso para meterse uno de los habituales chutes de melancolía, para regodearse bien con un buen dolor espiritual en medio del subidón lánguido y yermo.
Había en su discoteca numerosos opus de autores de las más diversas nacionalidades a cuál más apropiado para estar presentes en esa clase de desarreglos morbosos. Qué decir de un Mahler, un Liszt, un Berlioz o incluso un Sibelius, por citar algunos bien conocidos por sus altavoces; pero, cuando la tempestad íntima arreciaba, nada como los rusos para maltratarse durante unos cuantos movimientos, calmando los dolores que la vida pone en el camino día a día —y noche a noche— o atemperando la algidez producida por el pesimismo funcional. Por esa razón, reservaba su tríada de divinidades filarmónico-neuróticas, Tchaikovsky, Shostakovich y Scriabin, cuando quería paladear al máximo esa dosis de embarrancamiento anímico, cuando llegaba, en su cénit, incluso a notar un cierto dolor físico en una zona indefinida del cuerpo, entre los pulmones y el bazo, tirando hacia el esófago; una zona escurridiza y volátil donde los sabios medievales localizaban el alma.
Así permaneció, impregnando hasta la última vena de ginebra, recuerdos y una figura temática descendente que estaba llegando a la fuga del allegro final, cuando sonó el teléfono. Contrariado, muy contrariado por el estropicio artístico y la interrupción del drogado emocional, estuvo a punto de coger el teléfono para arrojarlo por el balcón. Pero, después de contar hasta diez, descolgó.
Kismet, capítulo XVIII.
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Etiquetas | Kismet Scriabin música melancolía



25 argumentos:
¿Qué decirte?
Que me gustaría leerlo, que he leído la reseña, que seguro le habrás sacado el maravilloso sabor a Estambul, que me traje esta frase (gracias por ella): "Todo es vanidad, anhelo de viento, un soplo estéril".
Que..que..que..muchos "ques" y mucha admiración.
Un abrazo, intentaré conseguirlo.
Para mí un orgullo visitarte desde que empecé en este mundo.
pues esta interesante!
"un adicto a la melancolía, droga dura donde las haya: nada mejor que un ruso para [...] para regodearse bien con un buen dolor espiritual en medio del subidón lánguido y yermo."
Fernando
Excepto porque tendría que cambiar el líquido a combinar con la droga dura (la ginebra no me va, me provoca dolor de cabeza), no podría estar más de acuerdo con el tratamiento indicado: de una vez dejarse ir, regodearse en las caricias lánguidas que van subiendo en ondas suaves, conforme la droga melancólica se adentra en nuestro ser.
Los rusos, músicos y novelistas, me llevan de regreso a mi infancia y a mi abuela. Nunca supe la razón, pero en casa había fuerte dotación de novelas rusas y eso era lo que yo le leía en voz alta a mi abuela: puras historias pobladas por la tragedia e inmersas en paisajes melancólicos (y fríos), quizá por eso, yo asocio la melancolía con el otoño-invierno.
Me encantó este extracto de tu novela (todo, no sólo lo que entrecomillé)
Un abrazo de mañana bien otoñal (líquido acompañante: café -de Coatepec, Veracruz-, droga placentera donde las halla)
Fernando me encantó! Y si, la música es una droga sublime...repito, me encantó!!!!
Besos
A ver...dónde se puede adquirir?
Hay una remodelación de la novela ya?
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:)) Debo haberla leído ...no sé cuántas veces.
Y es que nos volvemos tan solitarios los adictos a la nostalgía... Yo, a veces, lo soy (otras no, se llama DESEQUILIBRIO...jeje) y el teléfono, querido amigo, es lo primero que hay que desconectar cuando te estás inyectando la dosis, si no, puede pasar como en tu texto y... tener que romper el dolor morboso de la melancolía...
Un beso enorme desde el sur
Embarrancamiento anímico. Qué bien expresado. La verdad es que los rusos son muy adecuados para esos estados de ánimo, para momentos en los que uno precisa desbordar lo que lleva dentro y está embarrancado, como bien dices. Yo añadiría también a Rachmaninov, tan maltratado por la crítica durante décadas y que ahora por fin empieza ser valorado en su justa medida.
De todos los libros que me he leído en mi vida es de los más bonitos y mejor escritos.
Como pronto tendré bastante tiempo, me lo apunto par apróximas lecturas.
Besicos muchos.
Embriagante y precioso!
Virgi.
Para orgullo el de un escritor que puede escuchar (o leer) un comentario tal de una lectora. Soy muy afortunado por recibir todos esos “ques”.
Miles de gracias por tu interés. Pero no creo que lo puedas conseguir ya: la edición (pequeña) se agotó hace algún tiempo. Aunque, si puedo, intentaré realizar una nueva reedición.
Un abrazo.
Javier.
No lo sabes tú bien... :D
Marichuy.
Veo que somos unos politoxicómanos incurables.
Es que los rusos, sobre todo los escritores, derrochan tristeza y melancolía, cuando no desesperanza absoluta. O todo ello junto. Creo que está en su alma y su tierra. Yo estuve por allá hace unos cuantos años, y es la impresión que saqué fuera de la literatura y la música.
Muchas gracias por esa ráfaga de otoño con aroma de café.
Y un abrazo.
Eliane.
Muchas gracias. Es un verdadero placer leer esto proveniente de una buena colega.
Un abrazo.
Mita.
Pues no se puede adquirir, por desgracia.
Más que remodelación, de lo que ya sabes algo, estudiaré la posibilidad de volver a editarla.
Ya veremos cómo y cuándo.
Besos.
Wode.
Me voy a poner to colorao, querida amiga.
Y la verdad es que, de alguna manera, has captado todo el cariño que puse en su escritura.
Besazo.
Mariapahn.
No haber desconectado el teléfono es un verdadero fallo del personaje, sin duda. Y creo que él mismo lo reconoce. Y eso que en el tiempo de su historia todavía no se habían generalizado los móviles.
Gracias por ese beso enorme, que devuelvo aumentado aún más.
César.
En efecto, es injusto que Rachmaninov no esté en esa selección de rusos enormes. Y el que no lo esté obedece a que en el momento de escribir este pasaje me acababa de enamorar del concierto de Scriabin; y, por no sobrecargar de nombres el texto (“acusaron” a la novela de excesiva erudición, para mi sorpresa), alguno se tuvo que quedar fuera.
Valoro enormemente tus comentarios, César, pero si se trata de música, todavíaun poco más.
Nani.
Sería todo un placer. No tengo prisa para, en lo posible, llegar a más lectoras.
Y creo que serias una gran y justa lectora para esta novela.
Más besos.
Raquel.
Embriagante... No buscaba nada más, y nada menos.
Me alegran mucho esas palabras.
Un abrazo.
Don Fernando... pues se me ha antojado un cocktail entre el Sr. Vila-Matas y Frasier (que es otro adorable, que bebe Jerez) :)
Mua.
Ra.
Cuidado con las adicciones peligrosas.
Siempre pensamos que las podemos dejar a tiempo, y luego recorremos bibliografías completas y CDs en edición de lujo. Y quién sabe dónde acaba eso... ;D
Besos.
Seguramente en decepción, por eso hay que cuidarse :)
No te quepa duda, que mi encuentro con Kismet supuso un acontecimiento único y dificil de explicar.
Querida Wode.
Y a mí me es difícil de expresar lo que me producen comentarios como el tuyo.
Un gran beso.
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